LOS HOMBROS DE LOS GIGANTES (y nosotros los enanos)
Podría decirse que, en ciertos aspectos, la literatura medieval en lengua románica se desarrolla a la sombra de la gran potencia cultural latina; al menos, de aquella parte conocida para los medievales (que no siempre coincide con la del canon clásico que hoy identificaríamos). No debemos olvidar el contexo de diglosia en el que se originó dicha literatura: se reivindicaba su autonomía frente al latín, pero siempre reconociendo la validez y el peso de la lengua latina, considerada la gramatica (que no la lengua madre, concepto lingüístico posterior: véanse las reflexiones de Dante sobre el tema en el De vulgari eloquentia o en el Convivio).
La idea de ser continuadores de la tradición clásica permeaba las obras de la renovatio del siglo XII. Porque fue una renovación y no un renacimiento, como hoy en día se denomina al esfuerzo invertido en actividades culturales que se produjo en ese período: no era dar vida a un cadáver -la cultura latina-, sino renovar un cuerpo que a veces parecía moribundo.
Una de las afirmaciones más citadas a propósito de esto, y que demuestra el peso de los antiguos en la producción literaria de los autores del Medioevo, es, sin duda, la que recogió el historiador inglés Juan de Salisbury en su obra Metalogicon (III, 4), y que adscribe a Bernardo de Chartres. Bernardo, filósofo neoplatónico, relacionado con la catedral por la que es conocido, fue un autor del que apenas se ha conservado la obra. Por eso, no es en boca suya que hoy sabemos hasta qué punto la Antigüedad clásica auspició la literatura románica -aunque a él se le atribuya-, sino por la de Juan de Salisbury, quien escribió:
“Dicebat Bernardus Carnotensis nos esse quasi nanos, gigantium humeris insidentes, ut possimus plura eis et remotiora videre, non utique proprii visus acumine, aut eminentia corporis, sed quia in altum subvenimur et extollimur magnitudine gigantea”.
Traducido: “Decía Bernardo de Chartres que somos casi enanos, sentados sobre la espalda de gigantes. Vemos, pues, más cosas que los antiguos, y más alejadas, no por la agudeza de nuestra propia vista o por la elevación de nuestra talla, sino porque ellos nos sostienen y nos elevan con su estatura gigantesca”. La imagen es, por tanto, demoledora. El hombre medieval se muestra orgulloso de su labor de continuación del Mundo Antiguo, respetado en todo momento por lo lejos que llegó, pero al que se supera porque es posible ‘ver’ más allá, siempre apoyándose en él.
Esta cita confirma una idea muy moderna: estamos en una línea continua de conocimiento. En términología cristiana (en cuyo seno tanto Bernardo como Juan, evidentemente, se inscribían), se trata de un futuro lineal que se abre por delante, a nuestros ojos, con inexploradas posibilidades. Pero no podemos -ni debemos- olvidar que nuestro avance se debe al pasado, al gigante sobre el que nos sentamos. A veces, en la búsqueda de tal futuro maravilloso olvidamos de qué está hecho el presente: de la ilusión por lo que venga y de la certeza de lo que fue. Tal y como hizo el filósofo de Chartres, ha llegado el momento de reinvidicar el pasado.
Elena Roig

