TESSEL·LA

Cultura Medieval

¿Beowulf celta?

Beowulf dando muete al Dragón de la caverna

 

 

Mucho se ha escrito sobre la figura del héroe en la Antigüedad y en la mitología. De hecho, sobre sus hombros descansa una innumerable cantidad de leyendas, sagas y mitos en las que sus valores y virtudes que serán los modelos a emular. Toda cultura se ha construido bajo los soportes de este arquetipo, pues es quien mejor encarna las diferentes personificaciones de la estirpe, de la tribu y de la humanidad. Su entereza moral, su fuerza física y su férreo sentido de la justicia estarán siempre al servicio de los demás.

 

Uno de los más conocidos en la antigua literatura europea es el héroe de la mayor epopeya anglosajona, Beowulf, la cual se cree que fue redactada en la primera mitad del siglo VIII, aunque la acción se desarrolla en los siglos V y VI. El manuscrito, conservado en el British Museum de Londres, es el Cotton Vitellius A XV y pertenece, aproximadamente, al año 1000 de nuestra era. El poema refiere las hazañas y las gestas de Beowulf, líder de los gautas o wedras, uno de los pueblos germánicos que habitó el sur de Suecia. Si bien su redacción tuvo lugar en Inglaterra, la obra forma parte de la literatura germánica, ya que su estructuración social, el código ético y las valoraciones culturales corresponden a la visión pagana de estos arcaicos pueblos.

 

¿Anglosajón o celta?

El poema está escrito en lengua anglosajona, pero sus reminiscencias pueden ser mucho más amplias: sin resultar descabellado, una atenta lectura del Beowulf puede revelarnos ciertos paralelismos temáticos con relatos de origen celta, en concreto, con algunos pertenecientes al ciclo ossiánico. Ello no basta para afirmar que esta epopeya deba su existencia a la literatura celta o viceversa: habría que tener en cuenta que los posibles elementos célticos provienen de las interpolaciones de los copistas, quienes solían añadir y retocar los textos en los que trabajaban, haciéndolos más acordes a sus gustos y a los modos de su época.

 

Beowulf inicia su gesta enfrentándose a Grendel, monstruo que llevaba doce años asolando la corte del rey danés Hrothgar, devorando a sus mejores caballeros. El héroe anglosajón decide ir en su ayuda y derrotará a la criatura en un único combate. Este argumento resulta similar al del texto celta Laoidh Locha Deirg (“Poema del Lago Rojo”). Aquí, Finn, héroe principal del ciclo ossiánico, llega con sus guerreros al Lago Blanco donde serán atacados por la bestia que allí moraba. Los fiana —el séquito de Finn— serán vencidos y pagarán un tributo humano a la feroz criatura. La semejanza entre ambos textos estriba en que tanto Beowulf como Finn, luego de una decisiva y única pelea, vencen al monstruo sometiéndolo por una de sus extremidades, sin necesidad de empuñar arma alguna: el anglosajón desgarra el brazo de Grendel a base de su gran fuerza; en tanto que el celta dobla una de sus articulaciones, lo cual es aprovechado por Dáire, hijo de Finn, quien le abre el vientre con su espada. La sangre de la bestia teñirá de rojo el Lago Blanco, de ahí su nombre.

 

Este mismo planteamiento lo encontramos en el relato gaélico “Los cerdos mágicos de Cruachu” —del año 900, aproximadamente—, en el que unos jabalíes mágicos asolan la localidad de Cruachu; estos, al ser atacados, se vuelven invisibles, de ahí que sea imposible hacerles frente. El guerrero Medhbh, al igual que Beowulf y Finn, apresa a uno de los salvajes animales por una de sus patas y se la arranca. Desde entonces los jabalíes desaparecen para siempre de Cruachu y con ellos el halo de desolación por donde pisaban.

 

Retomando el poema anglosajón, los paralelismos continúan: una vez que Grendel cae derrotado será su madre quien acechará nuevamente la corte de Hrothgar, movida por la ira. El héroe, entonces, la irá a buscar a su morada: una cueva debajo de un lago muy profundo. Luego de un arduo combate, Beowulf la decapitará y su sangre tornará rojas las aguas del lago, como sucede también en el relato de Finn. Además, esta escena tiene una fuerte filiación con una leyenda irlandesa en la que san Patricio, en uno de sus viajes a Donegal, pelea contra un dragón, que no es sino la representación del demonio, que vive en una cueva submarina. Habría que recalcar que en la mitología el dragón no es tan solo una terrible amenaza, sino que es el epítome del mal al cual el héroe deberá dar muerte para instaurar el orden en el mundo. Solo así sus hazañas se convertirán en las grandes gestas que serán recordadas eternamente.

 

Otro de los poemas ossiánicos en los que encontramos similitudes es en “Las tres lobas de la cueva de Cruacha”, recopilado en el siglo XII. Aquí, el guerrero fianna Caoilte debe medirse contra estos animales que cada año atacan la localidad de Cas Corach, —como los cerdos mágicos en Cruachu—. Las lobas son tres brujas, hijas de Airitech, quienes son aplacadas por su predilección por la música. Así, Caoilte apacigua a las bestias con el sonido de su arpa y luego las decapita, como hizo Beowulf con Grendel y su madre. De hecho, significativamente, Beowulf llama bruja o loba a esta última durante la pelea en la que resulta vencedor. Además, la cabeza del enemigo en el mundo celta es muy importante, ya que no solo es un preciado trofeo bélico, sino también un talismán protector.

 

Huella celta

Estas relaciones y semejanzas no pueden ser fortuitas, pues sabemos que la cultura celta asentó sus territorios en muchos lugares de Europa y mantuvo contacto con varios pueblos vecinos; en algunos casos hasta se fusionó, como ocurrió con los celtas y los íberos en la Península. Hubo también un importante acercamiento entre los anglosajones y los celtas, pues los primeros tenían gran consideración por la cultura y la literatura célticas. Así, por ejemplo, podemos ver similares interpolaciones de corte cristiano tanto en el Beowulf como en los relatos ossiánicos, ya que fueron recopilados por monjes irlandeses, quienes realizaron algunas adaptaciones más acordes con sus principios religiosos.

 

Debido a este deslumbramiento por el mundo celta, los anglosajones construyeron monasterios y escuelas cuyas lecciones eran impartidas por misioneros irlandeses. Uno de los más prestigiosos fue el monasterio de Iona, en Escocia, erigido por el santo irlandés Columba. Aquí se refugió el príncipe anglosajón Oswald, quien luego de derrotar a Edwin se hizo con el reino de Northumbria. Durante su estadía en tierras celtas, aprendió gaélico y al ser coronado invitó al obispo Aian de Iona a predicar en su territorio. Es evidente entonces que las letras y la lengua celtas desempeñaron un rol vital en la cultura anglosajona, no solo durante el reinado de Oswald, sino también en los de sus sucesores.

 

Por fortuna, su influencia no solo quedará allí sino que sobrevivirá hasta nuestros días, imperceptible y decisiva, como leemos en las páginas del Beowulf, aun cuando hoy no sea una época tan favorable a la mitología y a los héroes. Tal vez ello constituya un error que ya el tiempo se encargará de componer. Pero ese ya es otro tema.

 

 

© Reinhard Huamán Mori.

Publicado en el Diario de Ibiza, 20 de julio de 2012.

 

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agosto 14, 2012 - Posted by | estudios | , , , , ,

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